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Cristóbal Soriano: "A mi hermano lo gasearon. Tenía dos años más que yo"

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Domingo, 10 de mayo del 2015


Las líneas que siguen no son una entrevista en propiedad, sino un ejercicio de devoción asustada, la de quien sostiene una porcelana delicadísima mientras intenta extraerla de su funda de seda sin dañarla. Resulta un inmerecido privilegio mirar a los ojos a un fragmento roto de la Historia, a uno de sus protagonistas trágicos.

Cristóbal Soriano muestra el retal con su número de prisionero. Abajo, una postal que mandó a su hermana desde Mauthausen.

Cristóbal Soriano Soriano (Barcelona, 1919) es uno de los escasos republicanos españoles –apenas hay contabilizados 24– que aún conservan la vida y la memoria para recordar el infierno de Mauthausen, el campo de concentración nazi de cuya liberación se cumplieron el martes 70 años. Guerra civil perdida, exilio, alistamiento en el Ejército francés y la Gestapo. Cristóbal, dos hijos, seis nietos y tres bisnietos. La conversación quedará salpicada de palabras en francés –vive al lado de Montpellier– y de alguna risa, siempre salvífica.

–Los más jóvenes de la familia, ¿le preguntan por lo vivido en el campo?
–No. He intentado hablar con algunos, pero se ve que no les interesa. El único que me pregunta es mi hijo Jacques. Llegué a Mauthausen el 23 de noviembre de 1940 con mi hermano.

–Hoy [martes para el lector] se cumplen 70 años de la liberación. ¿En qué ha pensado al despertarse?
–En nada, solo en que tenía que desayunar y tomarme las medicinas para poder seguir viviendo (se ríe). Me tomo cinco píldoras diferentes. Y antes de venir a Barcelona, me han dado dos inyecciones para poder caminar.

–Si le pido que cierre los ojos y piense en Mauthausen, ¿cuál es la primera imagen que irrumpe en su cabeza?
–¿A moi? Que allí mataron a mi hermano José. Lo gasearon en el castillo de Hartheim. Tenía dos años más que yo... Lo mataron porque arrastraba una herida de bala en un brazo que había sufrido durante la invasión alemana de Francia, y los nazis lo declararon inútil para el trabajo.

–Usted se las ingenió para que lo trasladaran con él a Gusen con la intención de cuidarlo.
–Ese era el subcampo donde mataban a la gente. Un día, mi hermano me vino a decir adiós: había decidido subirse al camión porque le habían prometido llevarlo a un sanatorio para que se recuperara y que después le darían la libertad. «Estás haciendo la burrada más grande de tu vida», le dije.

–¿Intuía lo que iba a pasar?
–Claro, porque escuchaba lo que decían los más veteranos. Sabía que en el castillo Hartheim, adonde iba, los alemanes hacían experimentos con los prisioneros: les ponían inyecciones de gasolina.

–¿Cuándo tuvo la certeza de que lo habían matado?
–En firme lo supe el 6 de mayo 1945. Me lo confirmó un conocido de Barcelona, Clemente, quien, cuando moría un español, se encargaba de quitarle la matrícula, el número que llevábamos cosido al uniforme. «No lo busques, que no lo encontrarás –me dijo–. A tu hermano José lo mataron en el 41».

Mientras Cristóbal habla, su hijo Jacques, que lo acompaña durante la entrevista, tiene los ojos enrasados en lágrimas. Su testimonio es una de las joyas que atesora el ensayo del periodista Carlos Hernández de Miguel, Los últimos españoles de Mauthausen (Ediciones B), que ya lleva nueve ediciones. Un total de 9.328 españoles estuvieron en los campos de concentración nazis.

–El invierno de 1941-42 fue muy crudo. ¿Cómo lo soportaron?
–Nos duchábamos con agua fría. Una vez, en las duchas, un kapo de las SS me dio un puntapié contra una estufa de carbón encendida, y me hice unas quemaduras muy profundas en el culo. Fui a la enfermería y no me hicieron nada; al contrario, me quitaron los zapatos.

–¿Un prisionero?
–Seguramente. O un kapo. Me dejaron a cambio una especie de chancletas, unos cachos de madera atados con unas tiras de trapo... ¿Sabe cómo me curé?

–No me lo figuro, la verdad.
–Pues con mis propios orines. Yo tenía un trapo, me meaba en él y me lo ponía en el trasero. Y así, poco a poco. Y luego, a trabajar a la cantera.

–A arrancar bloques de granito.
–Desde el campo, teníamos que bajar 186 escalones. Y por la noche, subirlos con una piedra a cuestas de unos 50 kilos para hacer el muro del campo. Al principio, el campo estaba solo rodeado por una alambrada eléctrica. Había muchos que se arrojaban porque ya no podían resistir más... «En buen sitio nos han ido a meter», pensaba yo (risas).

–Mantiene un sentido del humor envidiable.
–Ése no me falta... Pienso muchas veces en todo lo vivido y no sé cómo pude salirme. Pienso que al menos el buen Dios me dio un poco de sentido de la alegría.

–Todos los prisioneros hablan del hambre.
–Ay, nos daban patatas, pero no todo el mundo podía lograr cuatro o cinco, así de pequeñas [dibuja una circunferencia con el pulgar y el índice]. Según quién era el cabo que repartía, te echaba más agua que patatas en la gamela [fiambrera].

–¿Y por la noche?
–Cuando llegábamos a la barraca, nos daban un pan cuadrado para seis o siete. El sábado, un pan para dos. Y otra vez, a trabajar.

–En los campos había castas entre los presos.
–Había un grupo de españoles enchufados porque jugaban a fútbol. A estos sí que les daban bien de comer y tenían buenos trabajos, en la cocina o limpiándoles la casa a los SS.Había un equipo español, uno polaco, uno checoslovaco y uno alemán, y el domingo los SS miraban el partido. Era como una Liga. Luego, había un preso que sabía bailar bien claqué, y a este también lo alimentaban porque los entretenía.

–O sea, el que tenía una habilidad sobrevivía.
–Si yo hubiera tenido suerte… Soy sastre, y el día en que pidieron si había alguno me presenté. Pero como trabajaba en la cantera y tenía el traje roto y sucio, el comandante me trató de cochino y me echó.

–Con los presos polacos y checos, ¿cómo se entendían?

–En alemán, un poco. Los polacos no nos querían mucho a los españoles, porque ellos eran católicos y nosotros, republicanos. Fíjese, yo aprendí a contar en alemán porque el castigo más liviano eran 25 palos. Si decías ay o te equivocabas, recomenzaban: «Eins, zwei, drei, vier...». Aprendí lo justo para sobrevivir. Si alguien estaba bien tatuado, lo mataban.

–...
–Para arrancarle la piel y hacer con ella lo que les gustara. Había uno que tenía una lámpara en el escritorio con la pantalla hecha de un tatuaje.

–¿Cómo se agarra uno a la vida en esas circunstancias?
–Yo no lo sé (se ríe). Yo me junté con cuatro o cinco españoles, hablábamos un poco de nuestra vida y de qué podíamos hacer para encontrar un nabo, una zanahoria... «Oye, que me han dicho que está por llegar un tren con patatas». Pero piense que, al volver al barracón, si en el control te encontraban una patata, era la muerte.

–En medio del horror, también viviría escenas de una humanidad sobrecogedora.
–Ah, sí, claro... Ya lo he dicho y lo repito ahora: no todos los alemanes eran asesinos. Un día, me salvó la vida un SS porque le pareció que todavía era muy joven.

–¿Recuerda el día de la liberación?
–Sí, el 5 de mayo de 1945, por la mañana, estaban contándonos cuando dos tanques norteamericanos rompieron las puertas. Nos dijeron en inglés que estábamos libres. Et voilà, allí se armó un jaleo tremendo. Unos presos corrían en busca de comida; otros, en busca de venganza, y así. Fue un caos.

–Usted salvó a un alemán del linchamiento.
–Sí, un kapo alemán que me había ayudado a sobrevivir en los últimos meses. Era un actor de teatro al que habían metido preso porque se oponía a la política de Hitler; yo le hacía la cama y él me daba algo más de comida. Al final, conseguí sacarlo con vida del campo.

–¿Qué hicieron?
–Nos marchamos a campo traviesa al día siguiente; estaba persuadido de que los nazis eran capaces de volver. Un cura nos dio cobijo en la iglesia y nos dio de comer... Yo pensaba mucho en España, en mi tierra, en mi familia e, ingenuo de mí, quería volver.

–Ya.
–Me presenté ante el Ejército francés y pedí que me repatriaran. Para comprobar que era verdad todo cuanto contaba, me sometieron a un intenso interrogatorio. Luego entendí el porqué: temían que fuera un miembro de la División Azul. Algunos de los españoles que habían luchado con Hitler trataron de engañarles haciéndose pasar luego por deportados.

–Rehízo su vida en Francia.
–Los refugiados españoles no teníamos nada; quise continuar en el Ejército francés, pero ya no me quisieron. Al final, me coloqué como sastre en Carcasona; me dio trabajo un español. Allí conocí a la que iba a ser mi mujer, Angelita, mi aprendiza. Sus padres eran de Lleida.

–¿Se portó bien Francia con ustedes, los republicanos?
–No. Nos prometieron muchas cosas que no hicieron, ya desde que perdimos la guerra. Les costó reconocer que fueron los soldados españoles los primeros en entrar en París, con tanques bautizados con los nombres de nuestras batallas: Brunete, Ebro, Guadalajara... ¿Y luego los americanos? Tampoco. Trabajaban con Franco para cubrir todo el Mediterráneo. De España, mejor ni hablamos; sigue sin tener una política de la memoria histórica.

–Qué vida, cuánta lucha.
—Para salvarme tuve que luchar; si no, me habría muerto como los otros. Incluso hoy, tengo dolores pero quiero vivir. A veces no puedo andar, pero quiero seguir viviendo porque no he perdido la cabeza. Cada mañana una mujer me saca a pasear. Saludar al uno, al otro, ça va, hablar cuatro palabras, eso me da ánimos.


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